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La costa de la frontera

Un finde que comienza en el principio de la costa francesa. Hemos dejado atrás las estrellas de unos días épicos para contemplar el mar desde otras ópticas.

Nueve asientos llenos en una roja furgoneta. Una piña y ocho aventureros. Todo va rodado y musicalizado, desde los diferentes éxitos del momento, hasta las canciones más olvidadas que suenan mientras la ventana del medio llena de aire el espacio.

La carretera avanza y la lluvia nos alcanza, pero sabemos que llegaremos a ver los rayos del sol. La leyenda cuenta que necesitamos encontrarnos con "piel blanca" para conseguir las llaves del castillo medieval con sus marcos de media punta y sus piedras provenientes de unos siglos atrás. Los balcones llenos de flores dentro de la murallas llevan a la plaza que más tarde descubriremos.

Saint Jean de Luz

Juan lleva tiempo esperándonos, sus rojas y verdes contraventanas dan paso a calles empedradas. La tarde trae bancos redondos y niñas piñas que no dejan de probar sus nuevas habilidades. Granizados azules, olor a gofre, esculturas vivas, cuadros pintados, la música y el sol crean la luz de la que tanto se habla y nos despide hasta la próxima.

Pasar de nuevo la frontera para llegar a nuestro castillo protegido por sus altas murallas.

 

Bayonne

El día comienza. Los choco crispies cripean por todos lados y oscurecen la leche. Turnos para una ducha y listos para arrancar. Los ojos bien abiertos para poder observar las ordas de blanco y rojo que llena Bayona. Las calles están en fiestas y se traen tradiciones de otras ciudades. Paseo entre los barrios, hoy, olvidados con banderines descoloridos y con otras formas de llamar la atención. Solo es un puente el que separa esa diferencia. La sombre no acaba de aparecer y mientras las bandas siguen avivando las calles volvemos a por la Piña Tiña. Poco a poco va cambiando su color y perdemos el rojo y blanco entre la carretera. Seguimos costa arriba.

 

 

 

Biarritz

En Biarritz el tiempo se para y todo lo que tocas se convierte en verano del mediterráneo pero en el norte, un cambio extraño. El mar te arrastra y las sirenas suenan. La sombra de la sombrilla aguarda cartas mientras un - deux - trois... no para de sonar.

Tres surfers patinadores hacen smoothies sin leche en su nuevo bar y nos despedimos una vez más. Nos espera el pueblo de los balcones para otear el movimiento del sábado noche.

 

Hondarribia

Por fin llegamos a la plaza. Los cabezones nos despiden de ese pueblo amurallado y bailan mientras nos vamos. De camino paramos en la costa cercana, San Sebastián.

 

San Sebastián

La divisamos desde lo más alto y olemos el mar. La infancia nos invade y recordamos sensaciones subidos a en una barca que pasa por encima del mar y al tren que no para de subir. La playa, las calles y las esculturas del mar cierran un episodio de un trozo de la costa del norte.

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