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En busca de las playas de Trieste

 

Sin saber como, de la forma más inesperada como si un tren se parara en medio de la nada y hubiera horas para saber que hay alrededor, descubrimos Trieste. 

Aprendimos que aunque haya mar, puede que no se trate de playas. Parecía que íbamos a encontrar el secreto mejor guardado: las playas de Trieste. Aquellas en las que la arena blanca estaba sin pisar y bañada por las olitas del adriático. Resultó que la mar era puerto y que la mar ampliaba la ciudad. 

Los decadentes edificios aguardaban calles llenas de vida, una vida pasada donde los restos romanos convivían con los adoquines modernos. Cada muro refugiaba las callejuelas de las temporadas del bora bora. Callejuelas donde se encontraban los mejores helados de pistacho, los humus de todos los sabores, las comidas más húngaras posibles y las pizzas recién traídas de Nápoles. 

Desde cualquier ángulo del mar se dejaba ver el castillo blanco, el castillo que tenía las mejores y azules vistas. Un castillo que habitó a personajes ilustres cuyo suelo era despertar y atardecer con las mejores vista de la ciudad hasta que un día quien enloqueció dejo de verlo para siempre. 

Sin saber como habíamos saltado por todos los adoquines escuchando nuevas notas musicales y volvíamos al tren que volvía a encarrilarse. 

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