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Color a lazos transparentes en Las Landas

Cada escapada te conquista por una anécdota que seguirá viva hasta que un día alguien se canse de tanto decirla. Como el día que vimos a un jabalí cuando volvíamos o el día que una funda para CDs aparece en otro sitio y no en la estantería de siempre. Todo de alguna manera u otra nos traerá recuerdos y momentos que contar.

Los años han pasado y cada una está en un sitio que no imaginábamos a pesar de haber ideado tantas fugas. Pero tantos años previos han conseguido que nos volviéramos a unir para vivir un nuevo reencuentro. Con tiempo y sin prisas, con nostalgia y sin incertidumbres, con nuevas historias y sin distancias.

Un viaje por carretera para contar todo lo que había sucedido y lo que los skypes no dejan ver. 1000 kilómetros en otro país sin entender muchas palabras. Parando en pueblos monocolores con unas reglas muy marcadas, donde se conservan los viejos lavaderos y aparecen nuevos baños. Fiestas de pueblo con una mezcla vasca francesa extraña y con un sol seco.

 

La profundidad del verde mapa enmarca pinos en muchas etapas, pinos que tuercen los rayos del sol, con troncos que esconden nuevos paisajes en carreteras solitarias sin límites. Por la noche un despejado cielo guarda estrellas, planetas y satélites que son perceptibles desde los sacos en mitad del bosque.

Dejando atrás los pinos volamos a la ciudad, Burdeos, donde existen espejos refrescantes en los suelos. Sin poder hacernos a los horarios, intentamos viajar en el tiempo para poder encontrar algo típico y poder tachar de una lista imaginaria.

 

Volvemos a adentrarnos entre un frondoso bosque en búsqueda de las playas saladas. Encontramos nuevos mundos de barro y bancos solitarios con aguas desconocidas. Nos llevamos un cielo rosa y muchas risas.

Los rayos vuelven a torcerse entre tanto árboles y carreteras sin límites. Sin Pizzas nórdicas, con verdes mal olientes para recordar. Cenas en mitad de la nada construyendo historias, rememorando otras y aun así como siempre.

 

La costa de arena y mar eterno escondido tras el verde bosque. Las playas soleadas y de ventiscas con socorristas elevados en coches costeros marcan las zonas perfectas para los bañistas. Entre los bosques las playas dulces se difuminan, como si de efectos retratos se tratará. El territorio tenía una inmensa montaña de arena, detrás aguardaba los mejores atardeceres para contemplar, un sol que se perdía entre el mar y gusanitos de cacahuetes. Un día de verano con muchas estrellas en una noche desierta.

La nostalgia de la vuelta, de las últimas horas y de un fin de verano invadía. De nuevo playas infinitas en pueblos de mucha sal y sol para refrescar nuestro último encuentro. Pueblos de la costa infinita con otra luz y otras miradas. Pero sobre todo, grandes éxitos de los veranos en uno, CDs inolvidables de vuelta a casa recorriendo viejos tiempos.

Otros rumbos comienzan en distintas direcciones. Salidas que dan color a lazos que la rutina vuelve transparentes.

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